El fútbol como ejemplo de equidad de género

Alguna vez, durante mi infancia, no recuerdo bien de quién –o quizás no quiero recordarlo– escuché la frase: “a los mediocres Dios los vomita”. Ese dicho, aunado a otro de mi padre que dice “haz lo que sea, pero hazlo bien”, forman el conjunto que palabras que han estado presentes en mi mente durante la mayor parte de mi vida adulta. Durante años he intentado llevarlas al extremo, ya no tanto por complacer los deseos de alguien más, o por el deber ser, sino porque las adopté como mi mantra. Encontré en ellas una manera de vivir, de trabajar, de disfrutar, de triunfar. En los extremos me encontraba muy bien, el centro nunca me gustó. Me parecía que ese lugar era para la gente aburrida, la que no tiene la valentía para llevar a cabo las cosas, y por lo tanto a sí mismos, a sus últimas consecuencias.

Evidentemente con la edad, el cuerpo –seguido de la mente– me fue avisando sin que yo escuchara, que esta forma de vida no era sostenible en el tiempo. Que, como dijo el gran José José, algún día tendría que pagar muy caro el ansia de llegar más alto. Pero no me importó; en realidad no me atañe aún pagar con mi salud el placer de adentrarse en el momento, de cueste lo que cueste llegar a la meta propuesta. Ese objetivo puede ser, jugar en Europa o poder representar a mi país en un mundial, por ejemplo. Sabía que como un atleta de alto rendimiento habría que dejarlo todo: familia, amistades, incluso la salud mental, para poder alcanzar el objetivo y como mujer incluso más. Nunca fui discriminada y espero no serlo por el simple hecho de tener una pasión en mi vida que esta etiquetada como un “deporte de hombres”. He evadido todas las barreras que nos han puesto y así seguiré.

En el camino se ha quedado cualquier persona que no logra hacer suyo el reto, ya que no podemos detenernos para esperar a nadie. En esa vía, en un principio, comencé jugando con hombres y el mayor nivel al que podia aspirar era nivel escolar y yo no quería quedarme ahí, realmente mi locura más grande va rodeada de un balón que nunca para de rodar y sobretodo en mis extremos quería que entrara y saliera una y otra vez de las redes.

Con el tiempo, mientras alcanzábamos las metas propuestas, me di cuenta de que cumplir esos objetivos no me hacían tan feliz; incluso el reconocimiento me incomodaba, quizá porque había otras metas que conquistar, y no sentir (a la fecha no siento) que sea para tanto. Evidentemente hay un gran placer, pero ese placer se esfuma relativamente rápido y se convierte de nuevo en necesidad, necesidad de seguir adelante, de no parar, de inventar algo nuevo, cada vez más difícil, algo que muy pocos puedan hacer. Siempre se puede más, siempre se puede mejor. Así fue como a base de trabajo logre ir progresando, ir rebasando fronteras, conociendo países, culturas y personas que han marcado mi vida y mi carrera futbolística. A mi corta edad de 21 años puedo decir que he logrado muchos objetivos que veía muy lejos hace tres años, y ahora me pongo nuevos objetivos que veo muy lejanos pero que se que me cueste lo que me cueste lo voy a lograr.

Así empecé a acariciar la idea de que quizá en la moderación estaría la solución. En no irme con todo permanentemente, sino buscar un equilibrio. En no correr hasta que me lastimara, enfiestar hasta que saliera el sol, trabajar hasta estar harto, pero si entrenar hasta que me salga, practicar hasta meter gol y nunca terminar. Mi mamá siempre me decía: “Nadie que ha logrado algo importante en la vida lo ha hecho con moderación. Ni en el trabajo ni en el deporte, mucho menos en el amor”. Y evidentemente no todos pensamos igual, ni queremos lo mismo, así que ahí suena razonable tratar de llegar a un justo medio, que incluya a todos y no excluya a nadie.

El fútbol en México es un deporte con alto impacto en la sociedad, la gente es realmente apasionada y como mujeres buscamos lo mismo, como pioneras y como creadoras de todo este proyecto buscamos demostrar nuestros valores, nuestros miedos inexistentes pero existentes de pensar que por falta de apoyo o de confianza esto se puede acabar, nuestras ganas e ilusión de ver a las niñas que vienen detrás de nosotras con toda la motivación y alegría de cumplir un sueño pero sobre todo las ganas de poner el nombre de la mujer muy en alto para que en este y todos los ámbitos existentes tengan equidad para el hombre y la mujer y así creceremos como sociedad por un bien común. Quizá esa mentalidad es la que nos esté salvando a muchos ahora, la mentalidad de no parar, de reinventarnos, de salir adelante. Quizá esa misma mentalidad es la que nos acabará matando a todos, pero siempre tener en mente la confianza, creer en uno mismo para poder transmitirlo y lograrlo.

Lucía Rodríguez Güemes

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